El Tribunal Constitucional (TC), liderada por la magistrada Luz Pacheco Zerga, dejó más dudas que certezas sobre la protección a la presidenta Dina Boluarte en medio de graves acusaciones de corrupción.
Pacheco intentó justificar la suspensión de las investigaciones contra Boluarte, argumentando que los actos ya realizados y las pruebas obtenidas no se anulan, quedando disponibles para un futuro proceso penal tras su mandato.
Sin embargo, esta maniobra huele a encubrimiento, un guiño claro a un gobierno que ha perdido toda legitimidad frente a un pueblo harto de abusos.
La magistrada insiste en que el TC limitó las pesquisas “por el bien de la gobernabilidad”, apelando a una legislación comparada que nadie pidió ni entiende.
¿Gobernabilidad para quién? ¿Para una presidenta señalada por enriquecimiento ilícito con relojes de lujo y cuya gestión ha sido un desastre en seguridad y economía?
Pacheco desliza que “cuando hay indicios suficientes de deshonestidad, no puede haber impunidad”, pero su fallo contradice esas palabras: el artículo 117 de la Constitución, que ella misma cita, blinda a Boluarte mientras esté en el cargo, dejando al Congreso la tarea de levantar esa inmunidad solo después de 2026.
¿Qué confianza puede tener el pueblo en un sistema que protege a los corruptos hasta que sea demasiado tarde?
Peor aún, Pacheco carga la responsabilidad en los ciudadanos, sugiriendo que “hay que pensar a quién le damos el voto”.
Este comentario es un insulto a la inteligencia colectiva, como si la culpa fuera del electorado y no de un TC que se pliega a los intereses del poder.
Su llamado a usar “mecanismos democráticos” para cesar a quienes no actúan con dignidad suena vacío cuando el Congreso, dominado por aliados de Boluarte, ha mostrado su incapacidad o unwillingness para actuar.
La mención de una “oposición razonable” frente a una “recalcitrante” parece un intento de deslegitimar a quienes exigen justicia, mientras el TC se lava las manos.
Este TC, con Pacheco a la cabeza, protege a una presidenta impopular y cuestionada, mientras el Ministerio Público queda atado de manos.
La promesa de investigar a “presuntos cómplices” suena a distracción barata.
El pueblo peruano merece un gobierno y un tribunal que luchen contra la corrupción, no que la perpetúen con tecnicismos legales.
Este fallo no es justicia; es un escándalo más en una democracia herida.








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