Sexo y erotismo
Relato

Víctima de sus orgasmos

La cámara de fotos reveló el secreto.

Por Giselle Pons, especial para NOVA

Después de mi tercer trago, miro a mi izquierda y lo veo. Por segundos pensé que era él, hasta dudé si era ese hombre que alimentaba mi pasión, el que descontrolaba mi cabeza, el mismo que estaba de novio y que tuve que olvidar para no sufrir. No podía desviar mi mirada y solo dije una frase dentro de mí: “Esta noche, él es mío”.

Lo veía y recordaba la última vez que estuve con mi amor clandestino en mi cama. Solo pensar que se parecía a él me excitaba, no me iba a ir sin ese extraño. Estaba solo y al parecer no esperaba a nadie. Dos extraños tomando un whisky, sin ningún plan, en un bar que podría haber sido cualquier otro. Me acerqué a su mesa y le pregunté si podía sentarme con él; ya tantos tragos me desinhibieron y esa era mi noche. Pasamos una hora charlando y bebiendo, no se necesitaba decir nada más, ambos sabíamos todo desde el primer minuto.

El extraño de ojos color café me invitó a su casa, en ese momento todo el alcohol que tenía en mi cabeza se esfumó. Sentí una presión en mi estómago, iba a revivir la sensación de tenerlo otra vez en mis manos. A pesar de que no fuese él, se parecía y eso me era suficiente. Necesitaba tenerlo piel a piel, sentir de nuevo esa sensación de poder. Aun así, me juzgaba a mí misma porque yo sabía que la única razón por la que aceptaba ir a su casa era porque lo imaginaba como otra persona.

Entramos a su hogar y no esperaba más para besar esos labios, por momentos me olvidaba de que era el extraño del bar y era él, mi dulce amor prohibido. Sí, era el hombre que nunca pude olvidar por más tiempo que haya pasado. Necesitaba su sudor, su olor, sus besos, sus caricias y él era igual, hasta en el sonido de su voz.

Sin ni siquiera prender la luz, nos empezamos a besar. Mis manos recorrían cada centímetro de su cuerpo, comencé a traspirar, estaba nerviosa. Pasé mucho tiempo pensando que nunca iba a volver a verlo y por momentos recordaba que en verdad, no era el hombre que estaba imaginando. Me agarró de mi pelo, me estampó contra la pared, me pasó su lengua por mi cuello y me apoyó su cuerpo contra el mío.

Se atrevió a levantar mi vestido y tocar mi cola, me encantaba como sostenía firme mis nalgas. Lo agarré del cuello y lo acorralé en la pared, le saqué su remera, lo dejé desnudo y recorrí con mi lengua desde su pelvis hasta llegar a su cuello. Me arrancó mi vestido y me llevó hasta el sillón de su living.

Por segundos, me transportaba a la última noche que vi a mi amor clandestino. El extraño del bar metió sus dedos en mi boca y mirándolo a los ojos, se los chupaba simulando que eran su pene. En su mirada podía percibir el deseo, bajé lentamente y con mi lengua rodeé su pene con mi saliva, le di pequeñas succiones y a la vez lo masturbaba. En su primer gemido me di cuenta de que no era quien yo imaginaba.

Me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Una luz tenue permitía contemplar nuestros cuerpos, me senté y vi que en la mesa de luz había una cámara, la sostuve y le saqué algunas fotos. Luego, la dejé en su lugar y me saqué mi corpiño. Sus labios se deslizaban por mis pechos, su lengua ponía mis pezones más duros y sus dedos buscaron acariciar mi vagina.

Me saqué lo único que me faltaba para estar completamente desnuda, lo miré, me subí arriba de él y me senté arriba de su pene. Mi suspiro dijo todo, había esperado mucho para ese maldito momento, volví a imaginarlo como mi amor del pasado, ese que me hacía mojar mis piernas, ese que me hacía ver las estrellas, ese mismo por el que moría por rasguñar y no podía porque ya era propiedad de otra persona.

Movía mis caderas sobre su pene y besaba sus labios pidiéndole que me lo haga como a nadie. Me puso en cuatro y me lo hizo tan rico como aquel hombre prohibido. Me dijo en un susurro: “Como te gusta, putita” y me lo tomé como un desafío. Me di vuelta, lo agarré fuerte del cuello y lo tumbé en la cama. Me subí arriba de él y me metí su pene hasta el fondo.

Lo tomé del pelo y puse su cara en mi pechos, era yo quien iba a dar las órdenes. Sentía que era el momento para descargar toda esa ira que tenía dentro de mí y la canalicé teniendo sexo desenfrenado con el extraño del bar. Mis piernas no daban más, sentía muchas ganas de tener mi orgasmo pero quería que él llegara primero. Su cuerpo traspiraba, sus gemidos aumentaban y acabó con un fuerte grito. Lo miré a los ojos y otra vez vi a mi amor del pasado, fue ahí que tuve un orgasmo que me hizo estallar, que me hizo vibrar las manos, que me hizo mojar las piernas y que me hizo caer una lágrima.

Nos quedamos dormidos. Me desperté sintiendo como sus brazos envolvían mi cuerpo. Era tan hermoso, por segundos parecía ser mi otro amor. Me di vuelta, lo miré a los ojos y me di cuenta de que no era él. Me invitó a desayunar y se puso a cantar uno de mis temas favoritos en la guitarra…

Con mi taza de té en mis manos, mis ojos no podían desviarse. Me gustaba por ser diferente a mi amor del pasado, él me hacía sentir viva y me generaba ganas de no irme nunca de su lado.

Dejó la guitarra en un costado, se acercó y me dio un beso. Me dijo que iba a sacar su perro a pasear y volvía. Yo me fui a su habitación con la taza de té y cuando miro la mesa de luz estaba la cámara. La prendí para ver las fotos que le había sacado y sin querer vi algo que me cambió la cara.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, un nudo se apoderó de mi garganta y sentí como se me volvía a romper mi corazón. Él estaba de novio y a diferencia de mi amor del pasado, este extraño del bar nunca me lo contó. Entonces, dejé la cámara y nuevamente me escapé del dolor.

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